Yo tuve los padres más malos del mundo, mientras que los otros niños podían desayunar un refresco y unas papas, yo tenía que comer huevos, fruta, pan tostado, jugo y leche. Parecía que estaba encarcelado, mis padres insistían en saber dónde y con quién estaba. Mi madre no me permitía ver la televisión o jugar Nintendo toda la tarde, me obligaba a hacer la tarea, leer, estudiar o a hacer cosas tan horripilantes como lavar trastes, asear al perro, tender mi cama, etc., parecía que en las noches ambos planearan la serie de actividades que me pondrían al día siguiente. Insistían en que no dijera malas palabras, que saludara, que respetara a mis mayores. Que fuera atento, que hablara siempre con la verdad y nada más que la verdad. Para cuando llegué a la adolescencia mi vida se torno aún más miserable, tenía que solicitar permiso con tiempo, dar uno y mil detalles de con quién, cuándo y cómo sería el evento al que asistiría. Mis amigos no podían llegar a la casa y únicamente tocar el c...